Nada está escrito

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No conocerás el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo.

Frank Herbert, Dune (Dune Chronicles, #1)

Diario de #Covid19

Querido diario:

El mantra de la Bene Gesserit funciona. Cuando el miedo pasa, todo se ve más claro. Le estaré siempre agradecido a Frank Herbert. Ha sido un día movidito.

La conciencia de que esto va a durar más de lo que se creía al principio, ha cogido a contrapelo a más de uno y ha removido conciencias o corazones y aflojado los esfínteres (no se si literalmente, por whatsapp esas cosas no se perciben).

Estoy bien de fuerzas, el ejercicio ayuda, pero tendré que buscar el mantra de la paciencia. Si no #cuandoestotermine voy a tener algún problema de más. Las cifras, las estadísticas y los números. A ver, no me creo que aquí en España haya una tasa de mortalidad del 13%, 64.000 positivos y 4.800 fallecidos. Cuando la letalidad está más cerca del 1% que del 2%, Aquí hay alguien que ha decidido pasar de contar mejor el número de infectados. La muerte es una certeza. Dejamos de hace pruebas a los leves o sin síntomas. La parte buena entonces es que no mata tanto, pero se contagia mucho. Tiene que haber mucha gente contagiada y por lo tanto, esto irá para largo.

Leo también por twitter que ya comunidades autónomas como Andalucía o Madrid, no sacan estadísticas de contagio y fallecimiento por franja de edad. Eso era clave para sacar conclusiones. Tenemos que proteger mucho, pero que mucho a nuestros mayores. No se merecen que les robemos ni un día.

Hay una escena que no me cansaría de mirar en estos momentos y anda por YouTube. Está sacada de la película Lawrence de Arabia. Es cuando los árabes junto con el militar inglés terminan de atravesar el desierto. Un joven árabe se queda en la frontera del desierto, sobre su camello, esperando a Lawrence. Pasan las horas y el sol va castigando. El pobre árabe que se ha perdido, camina solo hasta que cae derrumbado. El joven que espera a Lawrence está tratando de protegerse del sol. Mira al horizonte y ve algo pero no está seguro. Azuza a su camello, que da unos tímidos pasos. Se detiene. Cree ver algo y espolea al animal, que da otros pasos. De repente, le da con los pies y sale al galope. ¡Es Lawrence!

Lawrence vuelve con el árabe medio muerto que está atrás, en la grupa de su camello. Entra en el oasis aupado por gritos de victoria de la tribu. El camello se echa al suelo con Lawrence encima. El jefe de los árabes le pasa un odre con agua. Y sin quitarle la mirada, Lawrence le dice. “Nada está escrito”. Contra el fatalismo que nos acecha, a mi esta secuencia me da ánimos. Casi que me pone. Me gustaría que pudiese depositar mi voto y mi confianza en personas así. Nada está escrito. La vida se nos va a llenar de problemas. La vida personal, familiar, laboral, empresarial y hasta la vida de una sociedad se va a ver sometida a una dura prueba.

Algunas cosas parecen insuperables. Pero no hay más remedio que afrontarlas. O por lo menos, no dejarse llevar por el fatalismo del ‘no se puede’ que es nuestra versión del ‘está escrito así’. Unamuno decía que el español vive en un permanente sentido de la tragedia. Del fatalismo. Creo que es más una filosofía que una actitud. La mayor parte de la gente se queja del destino, pero a final lo afronta. El español afronta los problemas como puede, y se queja mucho de ellos. Creo que la versión española de esa secuencia sería la del capitán Méndez, volviendo a internarse en el desierto en busca de un desgraciado, aunque en el camino le escucharíamos decir toda clase de insultos y de quejas. “Desde luego, cómo se le ocurre. ¿Por qué tengo que ser yo el que salga en su rescate? ¿Quién ha organizado esta expedición?”. Le echaría luego la culpa al gobierno, a los estamentos, a la organización o a lo que fuera. Pero volvería con aquel desgraciado sobre la grupa del camello. Eso sí, luego se pasaría toda una semana contando lo que sufrió para salvar a aquel pobre desgraciado. Pero lo salvaría. Es mi actitud frente a la fatalidad y, como decía el Risitas, a quien no le guste tendrá que arañarse la cara.

Larga vida y prosperidad

El Capitán Aposteriori

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Diario de #Covid19

Querido diario:

Hoy poca cosa que contarte. Muchas consultas de amigos y conocidos sobre los ertes, mucha preocupación. Me alegro de poder serles útil aunque no pueda transmitirles nada más que mi conocimiento y poca tranquilidad, el espectro del ere está siempre ahí, planeando en los corazones. Esto también es duro. Mi único consuelo es que si estuviese haciendo mi trabajo en otro tipo de empresa, me tocaría hacer el ere a mi, quedarme el último, cerrar y tirar la llave, afortunadamente #volveremos, ojalá volvamos todos. Lo hemos hecho bien y con previsión, ahora tenemos que poner todo de nuestra parte para volver todos. Después de varios mensajes de escocidos y ofendiditos sobre un vídeo del Capitán A Posteriori, me he decidido a verlo. Es gracioso, puede que a alguien le sea útil alegarlo como atenuante pero yo confiaría mejor en un buen equipo jurídico. Hay materiales más contundentes en la red que van a hacer que ese vídeo ayude muy poco.

El tonto Simón

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Diario de #Covid19

Querido diario:

Una cosa es desechar la polémica política en tiempos de crisis sanitaria con un estado de alarma declarado, que solo serviría para hacer más irrespirable el momento para los ciudadanos, y otra despreciar el análisis exhaustivo de lo que se ha hecho muy mal hasta ahora, aunque solo sea para asegurar la adopción de las medidas correctas en el futuro inmediato y enterrar la angustiosa sensación de que se improvisa sobre la marcha.

Creo que ya le voy cogiendo el truco al hombre de los malos pelos, ese que está dejando su reputación por los suelos porque no sabemos descifrar su código de comunicación, generalmente es sencillo: lo contrario de lo que diga. Ya lo he comprobado y funciona. A veces es un poco más sesudo el esfuerzo que hay que hacer para entenderlo: si dice que el acceso del personal sanitario a los equipos de protección personal es “suficiente”, pero también dice que en algunos puntos puede haber «momentos críticos» en la capacidad de “aportar” los equipos; entonces el personal sanitario no tiene equipos de protección personal suficientes.

Yo preferiría que si hay que decir algo, que se dijera de esta última forma porque nos va la vida de mucha gente en ello. Por lo que sea, he firmado en change.org para que tengan esos medios, para que los tengan. 1

NO SON SUFICIENTES!. Ya empiezo a no poder con este hombre. Si no es de su costumbre dimitir y esto va a durar hasta junio por los menos, creo que deberían cesarlo. En España tenemos expertos para ocupar su lugar aunque no estén dispuestos a vender su prestigio a un interés político, creo que es hora de aceptar sus condiciones y empezar a contar con los mejores para gestionar esta crisis y sus consecuencias a medio y largo plazo.

No nos merecemos un país en el que la gente haga mascarillas y viseras de protección en sus casas, las enfermeras hagan delantales y patucos con bolsas de plástico, el material sanitario llegue por donaciones privadas y que los sanitarios, cajeros, agentes del orden, farmacéuticos, transportistas, personal de la administración de justicia y lo que es ya un rosario de profesionales implicados en la primera línea de batalla de esta guerra, caigan enfermos y estén muriendo por no tener material de protección. Ningún país se lo merecería, pero nosotros tenemos los recursos, no es un problema ni de dinero ni de logística. Si se decreta un estado de alarma, perdemos muchas cosas, pero a cambio deberíamos tener otras y no las estamos teniendo.

Si se centralizaron las competencias sanitarias en el Gobierno de España, ya llevamos tiempo perdido si no hemos conseguido solucionar esto. No es de extrañar que haya gobiernos autonómicos que vayan por su cuenta, creo que, por lo menos, no permanecen en la inacción y ante la inoperancia de quien les recabó sus competencias.

El señor de Zara ha conseguido en 48 horas el material sanitario que el gobierno aún está buscando y parece que llegamos tarde a todas las compras de lo que necesitamos, nos quedamos en lista de espera. Creo que si te cuento lo que pienso estoy exento de pecar de cuñadismo. Las evidencias están ahí.

Nuestro Presidente del Gobierno estuvo muy cuestionado por una tesis doctoral. Se decía que si la plagió, que si se la hicieron… se titulaba «La nueva diplomacia económica española». Ya tengo claro que la plagió. Cuando uno se doctora, se le concede un grado académico que, por lo menos, le confiere un grado de conocimientos sobresaliente en su materia de tesis. Este señor no tiene ni idea. Ni en las rebajas de Zara conseguiría comprar algo decente.

Este hombre no aclara ni siquiera si él o sus sucesora en la línea de presidencia del gobierno están enfermos o en cuarentena: esa opacidad se transmite al conjunto de sus actuaciones y a la nebulosa de los días previos a la crisis, lo que me da miedo es que el de la coleta se hiciera con la presidencia del Gobierno. Se le debería erradicar del gobierno o al menos de la vicepresidencia. No me gustan sus intenciones y no se corta en hacerlas valer. Tuvo en pie un consejo de ministros que duró siete horas, cuando debería haber durado siete minutos. Y se saltó la cuarentena y se coló en la sesión sin mascarilla ni guantes. Puso en riesgo a todo nuestro poder ejecutivo por sus santos cojones. Un presidente del gobierno así, es de los que tienen como religión que las normas son para los demás pero no para la casta. Eso es de regímenes totalitarios. La Historia ya lo ha dejado bastante claro. Yo quiero otro tipo de transparencia, las aspiraciones del de la coleta me dan miedo pero ahora además creo que no nos aportan nada. A los buenos al menos. Hay que desempolvar el maniqueismo por lo que pueda hacer falta. Y quiero transparencia, porque al menos por dos veces, el 23 de enero y el 30 del mismo mes, organismos como la OMS o la OMC le trasladaron a nuestro gobierno, como a otros de Europa, la dimensión histórica del virus que ya asolaba China y se instalaba cruelmente en Italia. Y en ambos casos, no solo se despreció el diagnóstico, sino que se agravaron los problemas al tolerar o incluso impulsar actividades que probablemente explica ahora la inusual propagación del virus.

Me da mucho asco que algunas personas que nos gobiernan, en vez de ponerse a hacer su trabajo, digan que los sanitarios enferman cuando van de viaje o a ver a sus familiares. Además, están rompiendo el pacto social de no hacer leña del árbol caído. Me da asco y me indigna, porque aparte de que no tienen ni idea de lo que dicen, creo que quieren esconder ahí su incapacidad y su ineficacia, faltando el respeto y atentando a la dignidad de muchos profesionales que, como ya te he dicho querido diario, están enfermando y muriendo por estar en primera línea del frente.

Otra señora del Gobierno de España ha dicho ayer que “Esperamos que esta experiencia sirva para lograr una sociedad más cohesionada, más humana y más justa”. Yo espero que no esté hablando por mí. Hay muchos muertos, muchos contagiados y millones de personas que están quedándose sin trabajo y sufriendo. Esta experiencia no nos hacía ni puta falta. Hay otros caminos para lograr la cohesión social, la humanidad y la justicia. España no es una república bananera, tenemos más de cuarenta años de democracia y en las democracias no se necesitan masacres ni resetear el sistema de forma abrupta cada vez que algo no se hace bien. El otro día te hablaba de la señora de Madrid que ha levantado un Hospital con 5.500 camas y medicalizando hospitales en tiempo record. Ya me cae bien del todo. Me gustaría que fuera Ministra de Sanidad, aún estando recluida por aislamiento. España es el primer país en todo el planeta con más contagiados sanitarios por Coronavirus. Se calcula ahora mismos unos 5.400. Es el 13,6%, en Italia alcanzan el 8%, y en China el 4%. Le vuelvo a dar vueltas a que no se están poniendo los medios suficientes y que los gobernantes se quieren sacudir las pulgas haciendo responsables del contagio a los que están en la trinchera. Y estoy preocupado por Sandra, por Valme y por Cari. En ese orden. Y no es por a quien amo mas o menos, sino por su riesgo de exposición sin medios en esta guerra. Fue Roosevelt quien se dirigió al pueblo americano con un discurso que quedará en la historia por tratarse de su último mensaje a la ciudadanía antes de morir dos días después, dijo aquello del poder y la responsabilidad:

«Hoy hemos aprendido en la agonía de la guerra que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Ya no podemos escapar de las consecuencias de la agresión alemana y japonesa del mismo modo que podríamos evitar las consecuencias de los ataques de los corsarios berberiscos un siglo y medio antes.

Nosotros, como estadounidenses, no elegimos negar nuestra responsabilidad.»

Con eso me quedo hoy. Elegir negar nuestra responsabilidad, no es una opción válida y con la esperanza de los que solicitan a la soberanía nacional que les concedan la prórroga del estado de alarma, sean conscientes y corresponsables con lo que nos están pidiendo a los españoles. Nos está costando mucho esto para que se desperdicie el esfuerzo.En fin, empiezo a trabajar. Sigo trabajando desde casa. Con mi equipo cercano, muy orgulloso de ellos. Ellos siguen en casa y nos apañamos bastante bien. También con mi Organización. Mi Ayuntamiento. Estoy sorprendido de nuestra capacidad. Un ayuntamiento es una de las entidades de gestión más complejas que existen. (Un día te hablaré de ello, va a haber tiempo) Pero cuando entramos en una situación como esta y el bienestar y la protección de 40.000 personas dependen de que funcione de forma eficaz y eficiente, los resultados son sorprendentes cuando todo el mundo se pone bajo el mando de un alcalde o alcaldesa. Lo asume, deja de lado todo lo demás y se coloca en su sitio en la maquinaria. Sin desfallecer. Si termina lo que tiene asignado, se ofrece a ayudar a quien sigue en otra tarea. Se olvidan los celos competenciales y los celos profesionales. Si nos llevábamos mal con alguien, sabemos ahora con certeza que no era nada personal, que eran negocios, como dijo Michael Corleone.

1 En la fecha de publicación de este artículo no sabía lo que había detrás de esta plataforma.

Resiliencia: bonito palabro.

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Diario de #Covid19

Querido diario:

Ayer fue un día duro. Tuve que hacer limpieza en la lista de afectos incluso. Hay gente, personas que, después de toda una vida, te sorprenden malbaratando su patrimonio moral porque se han puesto un carnet en la boca a cambio de seguir ganándose la vida honradamente.

Hay que quemar naves y volar puentes. Qué remedio. Hoy la vida sigue, confinada, pero sigue. Seguimos solucionando cosas, dando respuestas, trasmitiendo ese sentimiento de que hay un mañana y que seguro que será mejor que el último de aquellos días. De esos días que recordamos, de aquellos momentos con los nuestros, cuando nos sentíamos a salvo y seguros.

Va a haber un mañana. Venceremos a esto. Hay preocupación por nuestra economía… Me preocupa también, pero sólo aspiro a un plato de comida para los míos y no pasar frío ni tener que llevar mis vergüenzas al aire.

Ahora mismo todavía muchos están a tiempo de taparse, pues tápense por favor, ahora todavía no hay excusa para ir por ahí de esa manera. Hay que estar confinados, quedarse en casa, pero no es tiempo de ir en pelotas por la vida, Ojalá se tapen un poquito. Cuando pase esto unos formarán parte de la larga lista de personas que arriesgaron su vida, donaron lo que pudieron, aportaron lo que tenían.

Otros, de la lista de odios y sectarismo, de la inacción y el egoísmo.

Yo me quedaré como Juan Gelman:

Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse,

a resistir,

aunque es seguro

que habrá más penas y olvido.

El Gobierno debería seguir nuestro ejemplo.

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Diario de #Covid19

Querido diario:

Hay ya un informe de expertos con apariencia de ser bastante solvente, ya han hablado y se han pringado, Ya saben cuándo va a colapsar el sistema sanitario incluso por zonas de España.

La información está en Internet y no en la prensa, radio y televisión convencionales. Les ruegan al Gobierno que tome una serie de medidas por zonas y en fases. Veremos qué pasa. Se prorroga el estado de alarma 15 días más.

La buena noticia es que las acciones tomadas hasta el momento son correctas y van en la buena dirección. La mala es que sigue habiendo muchos listos, ojalá se les monitorice con sus móviles geolocalizados y se les pida cuentas cuando toque. Incluidos los que salieron a escape cuando se anunció un día antes que se declararía el estado de alarma.

Independientemente de las decisiones que adopten las autoridades, cada uno de nosotros somos un vector de contagio y un factor de colapso del sistema sanitario. El #YoMeQuedoEnCasa ha quedado claro que no es un mantra para tenernos entretenidos, es nuestra única medida eficaz de contribuir mientras esperamos los test rápidos, efectivos y eficaces a la población, la criba de todos los contagiados aún sin síntomas, los tratamientos y la vacuna.

Para mi al menos, hay más buenas noticias. El nacionalismo –todos los nacionalismos– ha quedado pulverizado por la envergadura colosal de la pandemia, por el peligro devastador de sus posibles consecuencias, por las frases lapidarias de Emmanuel Macron («es la guerra») y de Angela Merkel («el mayor desafío desde la segunda guerra mundial»). Estamos en un trance de supervivencia en el que se prima el sentido solidario, el espíritu de colaboración, la cercanía con los vulnerables, el civismo y el ejercicio de la ciudadanía. Quien se aparte de esa línea de conducta que sintoniza con las necesidades colectivas, se queda en la cuneta, no es escuchado, ni atendido, ni considerado. Por eso los independentistas con sus esencialismos y sus obsesiones, con ese nacionalismo recalcitrante que transparenta una nimiedad moral sofocante, se asemejan a unos marcianos en nuestro mundo de hoy. Unos extraterrestres.

El que hasta la enfermedad se globalice, ha derrotado al nacionalismo y, seguramente, también al populismo, y después de una economía globalizada, ahora estamos entrando en una nueva era de universalización de conductas. La identidad ya no es la que fue, sino que ha quedado reformulada en el sentido más fieramente humano: en la fortaleza de la unidad y la capacidad de adaptación y en la debilidad de la introspección.

El actual Gobierno de España ya no es de coalición progresista. Es un Ejecutivo de gestión, de salvación nacional, de emergencia. Ha aplazado todos sus planes y abandonado todos los programas, salvo uno: la reconstrucción. Los ministros que no estén por la labor, ya está tardando su purga y expulsión. No es el fin de la historia, pero sí de esta historia de fronteras, fielatos y rediles. Estamos en el aplauso anónimo a las 20 horas de cada día; en el confinamiento doméstico; en el temor y en la esperanza.

Pero si la receta comunicativa del Gobierno durante la cuarentena Coronavirus va a ser un tostón de Sánchez cada sábado por la noche, sin anunciar nada nuevo y con preguntas filtradas mal contestadas de postre, los balcones de España se van a calentar enseguida y eso no va a ser bueno para nadie.

En esta crisis, hay otras víctimas además de los enfermos. Médicos, enfermeros, auxiliares de clínica, celadores, policías, militares, cajeros, personal de limpieza, técnicos de ambulancias… (es interminable la lista y no uso el inclusivo) miles de personas nos están cuidando con riesgo de su salud, y algunas ya han enfermado y hasta han muerto. Y es que tampoco es eso. No se puede aceptar que su vocación de servicio les cueste tan cara por falta de medios. Sería una estafa de la sociedad hacia estas personas. Les están faltando elementos de protección. Hay que buscarlos donde sea y usarlos ya. Todos los recursos existentes ahora, para los que tenemos una prioridad humana, son para el bien común. Y, si la avalancha de necesidades han convertido hasta las mascarillas en producto de difícil obtención, pongan a las industrias a coserlas. Nos estamos poniendo los ciudadanos esperando que tengan alguna utilidad. El Gobierno debería seguir nuestro ejemplo, mejor que nosotros seguir el suyo. Hay que resistir y sufrir pero teniendo presente, sin embargo, que tras las pestes medievales del XIV, vino el Renacimiento, y el Humanismo y la Ilustración. Este tremendo revulsivo puede ayudarnos a configurar una sociedad nueva en la que prime lo verdaderamente importante y sepa librarse de las malas hierbas. Porque, si no, tanto sufrimiento no habrá servido para lograr un futuro mejor.

Limpiar la nevera

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Diario de #Covid19

Querido diario:

Hay personas que están creciendo día a día en esta crisis. Muchas son mujeres y demostrando muchas cosas, más que muchos hombres. Otras personas, tanto mujeres como hombres, se van alejando poco a poco, aparecen esporádicamente pasándose la cuarentena por la coleta que para eso son ministros y no tienen que dar ejemplo de nada, el ejemplo es para que lo demos nosotros: los tiesos.

Cada vez se van señalando más y van dibujándose con la imagen de un sepulturero que rebusca en los bolsillos del cadáver tras sacarle el anillo y la muela de oro.

Otra firme convicción que me quedará de estos momentos, es que los estudios sirven para algo. Nuestros hijos deben ahora mismo aprovechar el tiempo como nunca lo tendrán que hacer en su vida. Y nosotros… tenemos que estudiar, leer, agudizar la capacidad de síntesis y, más que nunca, afinar nuestro criterio para poder separar la paja del grano. Hay paja, mucha paja. Hay cosas que todavía no me explico. Estoy buscando formas de ocupar el tiempo en algo productivo. Casi un mes desde que el señor de los malos pelos, que es el crack de un ministro de sanidad licenciado en filosifía, que no filósofo, dijo que no había Coronavirus en España, aún no ha logrado con todos sus …. medios, hacer un Excel donde estudiar las estadísticas. O bien lo tiene y le da pavor hacerlo público. Confieso que soy un friki de la estadística y podría ocupar el tiempo haciendo futuribles, no los haría públicos, pero me haría una idea de lo que nos espera.

Tendremos que replantearnos muchas cosas. Yo de momento veo que una señora en Madrid, que no me caía muy bien, enferma, se dedica a habilitar 5.500 nuevas camas en IFEMA, para tratar de salvar vidas, mientras un pedazo de mierda se dedica a vomitar basura contra España en la BBC. El Estado de las Autonomías: qué bonito me resultaba cuando era un estudiante de Derecho hace 37 años. Cuando acabemos con el coronavirus, habrá que hacer también limpieza política. Hoy solo aspiro a limpiar la casa y la nevera.

El Gobierno sigue intentando controlar el relato del Coronavirus en España. El tal Oliver hace de relaciones públicas para Moncloa. Las ruedas de prensa son un ejercicio de propaganda controlada. Los pocos periodistas de verdad que van quedando, científicos, médicos, enfermeras y los que gestionamos la cosa pública tendremos trabajar juntos para sacar la verdad mientras arreglamos lo que esto nos deje. Hoy de momento, con la nevera y este cartelito de nuestra guerra civil que he tuneado hemos echado fuera medio día.

Verdad, método y claridad

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En el año 1784, por una epidemia ocurrida en Sevilla, se escribió esto tan importante:

El que desea llegue a memoria de los venideros algún suceso de los tiempos presentes, ha de observar una constante verdad, método y claridad

.Qué legado dejaremos cuando superemos esto?

Hoy la única verdad que tengo es el temor por una madre, por su vulnerabilidad y una esposa y dos hijas por ser sanitarias. Lo demás es incertidumbre.

¿El método? No nos hemos enfrentado en la Historia a algo así, con un mundo globalizado ¿qué método vamos a observar? Soló oigo opiniones, que son como el ojo del culo, todos tenemos el nuestro. No tengo método, no soy médico, ni enfermero, ni político, ni magnate. Soy un simple servidor público.

¿Claridad? Lo único que tengo claro es que, a pesar de todo, tengo la sensación que llevo toda mi vida preparándome para esto. Dar el 100 por 100 de lo que soy y unirlo sumando a lo que los que me rodean aportan. Es mucho si lo sumas.

De esto no se que llegará a la memoria de los venideros… No soy culpable de nada, excepto de haberme sabido ganar mi propia fortuna y de no olvidarme nunca que es mía.

Fuerza y honor. A pesar de todo saldremos de esto, al menos todos a los que os quiero tanto. 💓

Muchas gracias

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La gratitud es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos cuando reconocemos nuestras riquezas.

La gratitud nos permite ganar certeza cuando parece que no tenemos nada.

También te da paz cuando eres capaz de ver a quiénes tienes en tu vida a pesar de creerte solo.

La gratitud te cambia la vida cuando le das la oportunidad de demostrarte lo que tienes.

Cuando en menos de 48 horas te casas 🤵👰 y cumples años 🎂, recibes tantos deseos sinceros de felicidad, abrazos, besos… Te das cuenta de lo inmensamente rico y afortunado que eres. Me siento desbordado pero mi gratitud es igual de grande que mi fortuna. Espero gestionarla en cuanto pueda con todos pero de momento desde mi corazón os doy las GRACIAS por todo.😘

Las 25 cosas que mi yo de hace 25 años, querría decirme en mi 50 cumpleaños, sin ningún orden en particular.

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El otro día cumplí 50 años y, en general, estoy bastante feliz por ello. Estoy sano, salvo alguna cosa como diría el cenutrio que tenemos por presidente del gobierno, he estado casado con alguien a quien por mucho tiempo he considerado una persona genial, y tengo una hija a la que la sigo considerando como tal aunque ahora mismo estemos alejados, mantengo una buena relación con el resto de mi familia, tengo amigos interesantes e inspiradores y me siento realizado con el trabajo que desempeño. Cumplir 50 no me parece tan mal, pues nunca he estado tan feliz en mi vida.

Al igual que Paul Brandeis Raushenbush, a quien sigo en twitter y parafraseo en esta publicación de hoy, en mi ambiente de trabajo donde con la “tasa de reposición de efectivos cero”, estoy haciéndome mayor en un ambiente donde todo el mundo también se va haciendo y no entra gente joven, eso la única ventaja que me da es que no me estoy haciendo un abuelo gruñón a los ojos de mis compañeros y compañeras de trabajo.

Creo que hay una sabiduría que procede de la vida, de la experiencia, y uno de mis mayores remordimientos es no haber hecho más preguntas a mis compañeros de trabajo mayores cuando tuve la oportunidad. Sin embargo, también hay lecciones de vida que tenemos que aprender de los jóvenes.

Los jóvenes pueden tener un enorme sentido de la aventura, menos reparos, pasión por la vida y una confianza ciega en muchos aspectos de la vida que podrá ir mitigándose con los años.

Por tanto, recién pasado mi 50 cumpleaños, en vez de dar consejos a mi propio yo de hace 25, he decidido echar la mirada atrás y pensar en mi visión del mundo cuando apenas tenía 25 años. ¿Qué pensaría de mi vida presente y qué consejos daría a mi yo cincuentón de regreso al futuro?

Sin más dilación, ahí van:

1. No te esfuerces tanto por ser respetable. Habla desde el corazón sobre aquello en lo que de verdad crees, aunque te haga parecer un iluso o un sentimental.

2. Puedes cambiar tu vida de forma radical cuando lo necesites. No tienes por qué seguir haciendo lo de siempre sólo por haberte acostumbrado a ello.

3. Ser simpático y abierto con gente nueva en lugares diferentes te puede llevar a vivir aventuras y amistades increíbles. No te acomodes a tus círculos de amistad ni a tus conocidos habituales.

4. Recuerda: pasar una noche bailando con un DJ decente en una discoteca es un importante camino hacia la trascendencia. Hazlo de vez en cuando.

5. Necesitas mucho menos dinero del que crees para sobrevivir, así que deja de obsesionarte con ello y trata de gastar menos. Antes podías vivir con menos de lo que hoy vienen a ser 10 euros al día.

6. No te preocupes si no sabes lo que quieres hacer para el resto de tu vida. Deja hueco para que ocurra lo inesperado.

7. Dios te quiere aún más por ser un poco rarito. No escondas tu luz y enséñasela al mundo.

8. De vez en cuando, sal de casa sin un objetivo concreto y observa a dónde te lleva la ciudad. No te quedes solamente con el camino que hay entre tu piso, el trabajo y el gimnasio.

9. Queda más a menudo con tus amigos de toda la vida y ponte en contacto con aquellos con los que lo has perdido. Parece que no tienes tantos amigos como solías.

10. La ambición está sobrevalorada. Deja de esforzarte tanto por “lograr el éxito”.

11. Está bien creer que merece la pena trabajar por una sociedad utópica en la que todos los individuos son tratados con dignidad e igualdad. El cinismo no te hace inteligente, sino cínico.

12. Haz algo artístico de vez en cuando. Aunque no tengas demasiado talento y a nadie le encante tu foto de retrato desnudo bajo las hojas de otoño, o tus trabajos de madera, el proceso creativo es bueno para el alma.

13. La próxima vez que te acuerdes de todo lo que solías hacer, plantéate volver a hacerlo. Aprender a bailar, perfeccionar tus habilidades de bricolage e improvisar no deberían ser simplemente pensamientos del pasado.

14. Reza con la misma urgencia con la que lo hacías cuando tenías 25 años y eras totalmente consciente de lo mucho que necesitabas la ayuda de Dios.

15. Por favor, por favor, aprende a tocar al menos una canción con la guitarra. Llevas 30 años diciendo que quieres hacerlo. Es más difícil que el piano, pero no imposible. Plantéate ya de una vez lo del saxofón que nunca te regalaron.

16. No te limites a ser socio de Médicos Sin Fronteras, vete de voluntario a algún lugar en el que puedas interactuar de forma directa con la gente. Tu vida es demasiado aséptica y te estás volviendo un aburrido. Seguro que, aunque no duermas, pasar la noche en un centro de acogida para personas sin hogar te permite conocer a gente increíble.

17. Deberías estar absolutamente agradecido por haberte enamorado de Valme. No pases un solo día sin recordar lo afortunado que fuiste, da igual como hayáis terminado ni si vuestros caminos se volverán a cruzar en el futuro.

18. Practica un nuevo deporte. La rutina de cardio y pesas para tener un físico decente ya se ha pasado de moda. Corre por la playa. Vuelve a hacer natación, apúntate para la próxima carrera popular o prueba con el kendo.

19. ¿Cuándo te convertiste en un modosito aburrido? Antes no te preocupaba tanto destacar y no te importaba vestir como te daba la gana. Tus creencias religiosas no te impiden innovar.

20. Tus padres siempre han estado presentes y a su forma, se han preocupado de ti, también en los malos momentos. Ahora son ellos los que te necesitan. Nunca te arrepentirás de pasar tiempo con ellos.

21. Disfruta de momentos de soledad en el campo o en la playa. No te olvides de lo valioso que es estar solo en la naturaleza.

22. Teniendo en cuenta lo que te gustaba la música y lo que eras capaz de sacrificar por comprarte un disco, resulta sorprendente que el último CD que compraste sea de los 90. Busca un grupo formado en los últimos cinco años y cómprate un disco nuevo, pero comprado ¿eh?.

23. Deja de martirizarte por los errores que has cometido. La autocrítica es buena, pero también tienes que ser comprensivo.

24. Si puedes volver a convertirte en padre, (recuperando a aquella hija y a aquel padre que fuísteis, no se trata de hacer locuras) hazlo. Siempre has estado orgulloso de tu familia. Si no puedes conseguirlo, trata de ser el mejor tío para tus sobrinos y sobrinas. Te hacen sentir realmente orgulloso.

25. Valora cada día de tu vida. A los 25 nunca pensaste que llegarías a los 50. Te jugaste la vida a una carta cuando decidiste ir al quirófano y pasar por la bariátrica. Disfruta de la vida.

Volveremos a hablar cuando cumplas 75.

Rastro de Dios

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Hace mucho, mucho tiempo me regalaron por mi Primera Comunión un cuento para niños, pero al igual que “El Principito”, siempre tuvo para mí el otro mensaje que descubrí a medida que me hice más mayor. Lo escribió Montserrat del Amo, curiosamente estudió, además de Filosofía y letras, Perito Mercantil (como mi padre, aunque él es Profesor Mercantil, y aprendió el oficio de cajista de imprenta, como mi abuelo paterno.

He sentido la necesidad de buscarlo y, al volverlo a leer, confirmar y desconformar muchas cosas desde entonces y descubrir a aquel niño que aún sigo llevando dentro. En aquellos tiempos creía en los Reyes Magos y en todas la cosas que se relatan en el cuento, hoy no creo en muchas de ellas. De las que perduran, tengo el convencimiento de que hay un Ángel Guardián que vela por mí, lo he puesto a prueba muchas veces y no puede ser cosa del azar, el jodio no me ha fallado hasta ahora.

Rastro de Dios (1960).

Se llamaba «Rastro de Dios». Así lo había anotado san Miguel, capitán de todos los ángeles, al final de su lista. Porque san Miguel tuvo que hacer una lista con los ángeles fieles y ajustar las filas de su ejército para que no se notara el hueco que habían dejado los ángeles malos.

A cada uno le había dado su nombre, comenzando por Gabriel, el ángel que Dios había creado para anunciar al mundo la noticia más importante; luego señaló a Rafael, que debía acompañar a Tobías en aquel viaje, y que desde entonces se sabe que es el encargado de conducir sano y salvo a todo viajero.

Y así fue poniendo a cada uno un nombre propio hasta que no quedó sino uno, un ángel pequeño que casi no sabía volar.

San Miguel había encargado a un ángel grande y fuerte que se llamaba «Fortaleza de Dios», que le enseñara, pero todo fue inútil. Él sabía volar sólo en la estela luminosa que dejaba Dios al pasar, ¡un caminito de Dios! Sí, así el ángel pequeño desplegaba sus alas y volaba sonriendo feliz. Pero apenas se distraía un poco y salía del rastro de Dios, o bien cuando se retrasaba demasiado y perdía la luz, sentía un peso de plomo sobre las alas y comenzaba a caer y caer hasta que algún ángel lo recogía y lo regresaba a su sendero, donde el pequeño volaba feliz, sintiéndose seguro como un niño en su cuna.

Por eso, cuando el capitán san Miguel terminó su larga lista de los nombres de todos los ángeles, escribió al último: «Rastro de Dios», para que así se llamara de ahora en adelante el angelito.

Y dijo san Miguel: «Pon atención, ‘Rastro de Dios’, no te alejes de su rastro porque Dios está por crear el mundo, y los hombres le darán mucho trabajo, y si tú caes quizá no podrá mandar un ángel a recogerte».

Y san Miguel cuidaba con compasión a «Rastro de Dios», pensando que no sabría estar el angelito solo, perdido en el espacio. Un ángel pequeño que no sabía ni siquiera volar.

«Rastro de Dios» respondió que sí, que sabría estar atento, y desde entonces siguió a Dios a todas partes muy de cerca, sin distraerse ni siquiera un momento para no perder el sendero de la luz que dejaba a su paso.

Por esto vio muy bien cómo Dios creo el primer día, el cielo y la Tierra, que eran al inicio sólo un montón de fango oscuro; y Dios dijo: «Sea la luz». Y después dividió la luz de la tiniebla y llamó día a la «luz» y «noche» a la tiniebla.

«Rastro de Dios» miraba todo, muy asombradito, y repetía en baja voz la nueva palabra que Dios pronunciaba, y decía en voz baja: «Día, día, día, día» y después «noche, noche, noche, noche», para no olvidarlo ya que eran palabras muy bellas.

Estaba tan ocupado en estas cosas que se quedaba un poco retrasado; no lo llevaba del todo la luz de la huella divina y tropezaba por el aire. Si se cayera sería algo terrible, porque todos los ángeles estaban mirando lo creado y ninguno se hubiera preocupado de recogerlo. Hizo un esfuerzo y rápido planeó. Cuando llegó cerca de Dios, comenzó el segundo día. La voz divina decía: «Que se haga el firmamento en medio de las aguas». Al firmamento lo llamó «cielo».

«Rastro de Dios» comenzó a decir: «Cielo, cielo…».

«Sabiduría de Dios», un ángel muy delgado que le estaba viendo, le dijo muy enfadado que se estuviera callado porque molestaba a todos, y que no era necesario repetir tantas veces la palabra cielo porque era muy fácil de aprender.

San Miguel preguntó qué cosa estaba sucediendo, y aunque hizo callar a «Rastro de Dios» no lo regañó porque, a fin de cuentas, era el más pequeño de todos los ángeles y se necesitaba tener paciencia con él. Se marchó moviendo lentamente las alas y pensando que un angelito así de torpe habría servido de poco.

En tanto, comenzó el tercer día, porque en el Cielo los días pasan veloces como una tarde de vacaciones.

Dios dijo: «Que se unan en un solo punto las aguas que están debajo del cielo y que aparezca lo seco». Llamó a lo seco «tierra» y al agua reunida «mar». Hizo nacer la hierba, las plantas y los árboles.

Dios puso en cada fruto una semilla, para que más tarde se pudiera sembrar; así que, cuando se marchitara aquello que se había creado, renaciera de nuevo. «Rastro de Dios» estaba asombrado y pensaba qué otra cosa podría crear Dios en los días siguientes, pues veía que las cosas hechas ya eran cosas bellas. Y volaba impaciente esperando que comenzase el cuarto día.

Dios dijo: «Que se hagan las estrellas en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche y sirvan como signo al tiempo, los días y los años. Luzcan en el cielo e iluminen la Tierra».

«Rastro de Dios» captaba todo esto muy bien, dado que en el día anterior había aprendido la palabra, por eso sabía qué cosas eran la Tierra, el cielo, el día y la noche. Vio cómo Dios creó el sol, tan grande y luminoso que sólo Dios podía guardarlo sin deslumbrarse y tocarlo sin quemarse.

Cuando creó la luna, muy pequeña, blanca y juguetona como una pelota, le pareció que se divertía en cada vuelta escondiéndose de la noche. Dios hizo también millares de estrellas que lucían bellísimas en su mano plena de luz. Algunas eran blancas, muy blancas y pequeñas. Otras, coloradas.

Todos los ángeles trabajaban colocando las estrellas donde Dios les indicaba. Todos volaban de un punto a otro y, si podían, seguían su vuelo por la misma estela luminosa que dejaban las estrellas de la noche. Las luces llenaban el cielo haciéndolo parecer la Gran Plaza en una noche de fuegos artificiales.

Todos los ángeles volaban colocando las estrellas, menos «Rastro de Dios», porque san Miguel le había dicho que no se moviera, ya que se podía perder entre tanta confusión y sería difícil buscarlo entre tantas cosas que Dios había creado.

En una parte, san Rafael estaba atareado colocando de modo bien visible la Estrella Polar, aquella que indica siempre al norte, para que guiase a los navegantes. En otra parte estaba «Fortaleza de Dios» con una estrella tan grande que ningún otro ángel habría podido mover, mientras él la transportaba sin ningún esfuerzo.

«Sabiduría de Dios», como un guardia en la confusión celestial, dirigía el tráfico de modo tal que ninguno chocase.

Millares de ángeles iban y venían, y cuando veían a «Rastro de Dios» con las alas plegadas sonreían con un poco de compasión, pensando: «No servirá nunca de gran cosa un ángel que no puede volar bien».

«Rastro de Dios» no se rendía con todas esas burlas, porque había sólo tiempo para mirar, con los ojos bien abiertos, esa fantástica fiesta de luces.

En un instante todas las estrellas estuvieron en su lugar. El cielo era de verdad bellísimo. Todos los ángeles se giraron hacia Dios para alabarlo.

Y entonces se dieron cuenta de que no habían acabado todavía: faltaba aún una estrella por colocar. Era una estrella blanca, no muy grande, y Dios la tenía en su mano derecha. Los ángeles empezaron a preguntarse dónde la habría de colocar Dios si el cielo ya se encontraba lleno de estrellas y estaban tan bien colocadas que parecía imposible cambiarlas de lugar por una más.

Y un ángel dijo: «Aquella estrella sobra, necesitará tirarla». Y otro: «Seguramente no le hará falta una más».

Dios, en silencio, bajó la mano derecha cerca de donde estaba «Rastro de Dios», que lo miraba embobado. Dios se inclinó y le entregó la estrella.

«Rastro de Dios» la cogió con muchísimo cuidado para no dejarla caer. Pensó que debía sostenerla sólo por un momento mientras Dios le decía a un ángel, mucho más despierto, más bello y más fuerte que él, que la colocara; pero Dios no dijo nada, viendo que todo estaba en su lugar, y así llegó el final del cuarto día.

La estrella no era muy grande, pero «Rastro de Dios» era tan pequeño que, así de pie como estaba, casi no la podía sostener. Era necesario sujetarla con mucha seguridad. ¿Qué habría dicho san Miguel si la hubiera dejado caer? Comenzó a doblarse, a doblarse hasta quedarse con los pies extendidos y la estrella sobre las rodillas. ¡Así! ¡Muy bien! Sentía una bella calidez muy agradable y una gran luz. Apenas podía ver cualquier cosa, porque la estrella se lo impedía, pero no le importaba nada porque estaba cumpliendo un encargo de Dios.

El quinto día Dios fue a crear los peces y «Rastro de Dios» no pudo seguirlo porque la estrella pesaba mucho y le fue imposible alzarla. En la noche algunos ángeles vinieron a contarle cómo eran los peces, las aves y, al día siguiente, los animales. Al último le dijeron cómo fue hecho el hombre, a imagen y semejanza de Dios; pero no le daban más explicaciones, y «Rastro de Dios» no podía imaginárselo.

El séptimo día del mundo fue de reposo para todos, y «Rastro de Dios» descansó con la cabeza apoyada en su estrella.

Tenía razón el capitán san Miguel: todos los hombres comenzaron a dar mucho trabajo. Eran rebeldes y desobedecían a Dios; orgullosos, querían igualarlo. Y como esto no era posible, Dios, con mucho pesar, porque se había encariñado, tuvo que castigarlos. Pero pronto les prometió un Salvador que nacería, padecería y moriría por ellos para redimirlos. A fin de que los hombres no olvidaran la promesa, mandó de tanto en tanto a sus ángeles para recordárselo y, en muchas ocasiones, también para ayudarles.

Y le dio a cada hombre un ángel custodio, mensajero entre Dios y el hombre.

San Miguel tomó su lista e hizo una cruz cerca del nombre de cada ángel que era nominado como guardián de cada hombre. Y al lado del nombre escribió el día y la hora en que debía ser mandado a la Tierra. Una copia de esta lista fue dada a un ángel llamado «Providencia de Dios» para que le recordase a cada uno cuándo debía comenzar a volar.

Así comenzó un ir y venir del Cielo a la Tierra y de la Tierra la Cielo; se podía sentir a todas horas el vuelo de los santos ángeles. Todos estaban muy atareados y ninguno se ocupaba de «Rastro de Dios», que estaba ahí, sentado desde el inicio del mundo con su estrella bajo el brazo, firme, firme para no dejarla caer.

«Rastro de Dios» no se desesperaba. Miraba lo que podía por sobre su estrella y escuchaba las palabras que decían los ángeles cuando pasaban. A fuerza de verlo así ninguno lo llamaba ya «Rastro de Dios» sino «el Sentado», y así olvidaron su verdadero nombre.

Un día un ángel iba, por encargo de Dios, a la Tierra a pintar por primera vez el arco iris. Era un encargo muy importante porque tenía que pintar líneas muy cuidadosamente en medio de la lluvia, atento a que los colores no se mezclaran los unos con los otros y definiéndolos a fin de que casi se tocaran. El resultado fue que, mientras el ángel, que se llamaba «Belleza de Dios», daba los últimos retoques, un pajarito se metió entre sus alas y, porque había que definir el arco iris y ver cómo llegaba, no se ocupó del pajarito, que salió con él, en las alas del ángel, hasta el Cielo.

«Belleza de Dios» pasó junto a «el Sentado», que no había visto jamás un pájaro. El angelito, al verlo, dijo: ‘«Belleza de Dios», qué bella flor has traído de la Tierra’.

«Belleza de Dios» le explicó que no era una flor sino un pájaro, de aquéllos que Dios había creado el quinto día, que podía volar como los ángeles y que sabía también cantar. Desenredó al pajarito de las plumas de sus alas y se lo dio a «el Sentado».

‘Ten’. «El Sentado» quedó estupefacto de cómo volaba tan bien. «Belleza de Dios» le contó entonces sobre muchas cosas que había visto allá en la Tierra y le pintó incluso un pequeño arco iris con los colores que la habían sobrado. «El Sentado» escuchaba con tanta atención que era un placer contarle historias; desde aquel momento todos los ángeles que llegaban de la Tierra adquirieron la costumbre de pararse por un momento junto a él.

Y así supo cómo salió el pueblo de Dios de Egipto, cómo fue conducido por el desierto hasta la Tierra Prometida y cómo sonaba profunda y grave la voz del profeta. «El Sentado» estaba maravillado de la historia de la Tierra y le parecía que los otros ángeles eran muy listos y valientes. Él nunca sería tan fiel para entrar en un horno encendido para refrescar con el viento de sus alas a los tres jóvenes que el rey Nabucodonosor —aquel hombre tan difícil— había hecho arrojar dentro por no haber querido adorar a su ídolo. Y menos aún habría tenido el valor de descender a la fosa de los leones para cerrar con la propia mano sus bocas para que no hicieran ningún mal al profeta Daniel. Era una fortuna que Dios le hubiese dado un encargo tan fácil como aquello de vigilar una estrella, porque así, sentado como estaba, no había peligro de que se cayera y Dios podía venir a recogérsela cuando quisiera.

«El Sentado» estaba contento.

Pasaron así los siglos y llegó el tiempo de la Gran Promesa. Todo estaba bien preparado. El capitán san Miguel había mandado un ángel para que se ocupara del musgo y la paja que debía servir para la cuna del Niño Jesús, de modo que creciese muy fina y dorada, y el musgo muy verde y fresco. Había buscado también un buey y un asno para que con su aliento calentaran el establo; el asno lo escogió gris como la plata, y el buey, marrón como el chocolate.

Los ángeles debían cantar «Gloria a Dios en lo alto de los cielos». Ya ensayaban, y en todos los ángulos del Cielo se podía escuchar una muy bella canción.

Fue así que «el Sentado» vino a saber de aquello que estaba por suceder. Por todo esto, en los últimos tiempos los ángeles estaban tan ocupados que no se detenían a contarle nada, pensando que no podían perder su tiempo con un ángel del cual Dios parecía haberse olvidado.

Llegó, finalmente, el 24 de diciembre y aquello debía ser la primera Navidad del mundo. Una larga fila de ángeles cantantes estaba lista para emprender el vuelo con sus alas plenas de luz y las bocas plenas de alegría que no se podían hacer callar por más tiempo.

Como sucede cuando deberíamos dar una sorpresa a mamá y se debe callar sólo un poco, pero se termina por contarlo porque se escapa, así los ángeles estaban esperando la señal de Dios porque la noticia que llevaban era la mejor de todos los tiempos y su alegría se escapaba de sus canciones.

El capitán san Miguel debía continuamente hacerles callar. Porque todos aquellos ángeles debían anunciar a los pastores que había nacido el Hijo de Dios. Dios dijo que todo aquello andaba muy bien, pero que, sin embargo, faltaba una cosa.

El capitán san Miguel se puso rojo, todos los ángeles lo observaban con reproche. ¿Cómo había podido olvidar algo en una noche así de importante?

Escondiendo la mano contó con los dedos: el pesebre, la paja, el asno y el buey, los ángeles cantores… cuatro cosas, ¿Qué otra cosa podía faltar? ¡Faltaba la estrella! ¡La estrella de los Reyes Magos! ¡Aquella estrella que debía ser mandada muy lejos para que guiase a los Santos Reyes Magos hasta el establo!

El capitán san Miguel organizó todo en un momento: llamó a «Belleza de Dios» para que escogiese la estrella más bella de todas, a «Sabiduría de Dios» para que pensara qué camino seguir para tomarla, y a «Fortaleza de Dios» para que la cargase.

Pero en verdad Dios, ya desde hacía mucho tiempo, había creado una estrella especial para esta acontecimiento. ¿Una estrella sin usar? Sí, aquella sería ¡una estrella totalmente nueva!

San Miguel, guiado por Rafael y seguido por tres ángeles: «Belleza de Dios», «Sabiduría de Dios» y «Fortaleza de Dios», anduvo buscando en el lugar donde se conservaban las cosas nuevas.

Había muchas plantas, fuego, nubes y luces bellísimas, pero no había ninguna estrella. Regresaron desalentados, con la cabeza, baja, a la presencia de Dios.

Sí, Él había creado una estrella para inaugurarla en aquel momento y se la había dado a un ángel para que la conservara.

«¿A un ángel? ¿A cuál ángel?».

San Miguel la buscó en su lista. La llevaba siempre consigo, guardada entre el cinturón de la armadura y la espada. Se afanaba tanto, pero no la encontró. Siguió buscándola en todos los bolsillos, ¡pero nada!

Había dejado caer su lista en el lugar de las cosas nuevas, mientras alzaba con ayuda de «Fortaleza de Dios» una nube muy grande para ver si debajo había otra estrella. «Orden de Dios», un ángel que era encargado de que todo fuese siempre muy limpio y ordenado, había encontrado la lista y venía volando a dársela a san Miguel.

La lista estaba gastada, vieja, llena de pliegues a fuerza de sacarla, conservarla y guardarla continuamente. ¿Cómo se llamaba el ángel? Dios, que todo lo sabe, dijo: ‘Se llama «Rastro de Dios»’.

San Miguel comenzó a recorrer la lista con el dedo, pero tardó muchísimo en encontrar el nombre porque era el último de todos. Estaba escrito: «Rastro de Dios», pero al lado no había señal alguna; debía tratarse de un ángel que no se presentaba a la revista. Pensó: ‘¿Pero dónde se habrá metido este «Rastro de Dios» que no lo recuerdo siquiera?’.

Estaba así tratando de recordar cuando «Sabiduría de Dios» se acercó a él y le dijo una palabra al oído. A san Miguel se le alegró la cara y respondió. ‘¡Ah, sí, ahora lo recuerdo! ¡Es «el Sentado»!’.

Dios, al oírlo, sonrió. Se dirigieron todos a donde estaba «Rastro de Dios», sentado con su estrella en las rodillas desde el inicio del mundo.

Primero iban los ángeles cantantes, después todos los otros ángeles, luego seguían Miguel, Gabriel y Rafael, que son como los principales de los ángeles. Como era una ocasión solemne, el capitán san Miguel había desenvainado su espada, que brillaba plena de luz. Al último iba Dios.

«El Sentado», mirando por encima de la estrella, los vio venir y pensó que había llegado la Gran Noche; que era una fortuna que pasaran así de cerca de él para poder ver todo sin perder detalle. Aquello que no podía mínimamente imaginar era que Dios y todos los ángeles venían a buscarlo a él.

Pensó que estando sentado les podía estorbar, y trató de moverse. Pero por poco se le cae la estrella, así que se quedó firme y continuó sosteniendo la estrella en sus rodillas.

Llegaron los cantores y todos los ángeles se formaron alrededor. «Rastro de Dios» estaba muy maravillado. Cuando llegó Dios, lo miró y le sonrió, así como en el cuarto día de la creación, cuando le había dado la estrella con su mano derecha.

San Miguel le dijo: ‘Escucha, «Sentado»…’. Pero se interrumpió inmediatamente, ya que pensó que no era correcto llamarlo con un apodo delante de Dios, y comenzó de nuevo: ‘Escucha, «Rastro de Dios»: aquella estrella que tú custodiaste estaba hecha para anunciar a los Santos Reyes Magos el nacimiento del Niño Jesús, y esta noche debe dirigirlos desde Oriente llevando tú la estrella’.

En aquel momento Rafael lo interrumpió y comenzó a explicarle a «Rastro de Dios», en un gran mapa, hacia dónde debía dirigirse. «Fortaleza de Dios» le dijo cómo debía llevar la estrella, y «Belleza de Dios» le explicó cómo debía sostener la estrella de modo que la estela luminosa fuese lo más bella posible.

«Rastro de Dios·» no captaba nada, no sabía cómo cumplir el encargo y además —recordó san Miguel— había aprendido apenas a volar y había estado sentado tanto tiempo que ahora lo habría hecho peor. Sabía que debían mandar a cualquier otro.

Dios, en tanto, se había acercado al angelito y lo miraba. «Rastro de Dios», a quien la estrella no le pesaba más, se levantó. Dios le hizo una señal con la mano y «Rastro de Dios» vio que un camino de luz se abría al frente de él, en el espacio.

Movió las alas. Primero de modo torpe, después con fuerza… ¡Volaba!

Como se había quedado sentado miles de siglos son moverse, le había caído encima todo el polvo del Cielo, y ahora una polvareda de luz, con el batir de sus alas, era esparcida en la noche, formando una estela luminosa.

Los ángeles estaban maravillados. Y así salió volando, volando a lo largo del camino indicado por Dios. Portaba la estrella en su mano extendida y dejaba al paso una cauda de luz.

Los Santos Reyes, en su palacio, miraban las estrellas, y uno les dijo indicando aquélla que «Rastro de Dios» llevaba en su mano: ‘¡Miren! ¡La señal! ¡Ha nacido el Hijo de Dios!’.

Y «Rastro de Dios», lleno de felicidad, se echó a reír alegremente.

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